En un momento en que el consumo lineal de televisión tocó su máximo, los canales locales tuvieron que superar el reto de ofrecer respuesta a las necesidades de los espectadores en pleno confinamiento


Unas 34 millones de personas conectaron la televisión el sábado en que se declaró el estado de alarma. Con la mayoría de los ciudadanos recluidos en sus hogares, la necesidad de información actualizada e inmediata nos lanzó a consumir contenidos. Los canales emitían largas comparecencias del presidente, ministros y Fernando Simón, la gran estrella mediática del confinamiento.

Pasada la situación de shock del principio, surgió una necesidad de conectar con lo local. Cuando a las ocho de la tarde salíamos al balcón a aplaudir y veíamos a nuestros vecinos. O cuando mirábamos por la ventana y nos sacudía la sensación de extrañeza al ver las calles desiertas. O el vecino de enfrente que tocaba el saxofón. De repente, nuestro universo se redujo a una serie de personas que habían pasado seguramente desapercibidas hasta ese momento y que en pleno confinamiento eran nuestros únicos estímulos. También nos apoyábamos en ellos por la necesidad de crear un sentimiento de comunidad que se ayuda ante la adversidad.

Dar respuesta a una necesidad: el caso de Digital Fraga TV

La televisión de Fraga (municipio de 15.000 habitantes situado entre Aragón y Cataluña) tiene pocos medios. Habitualmente se suelen emitir los acontecimientos públicos –ruedas de prensa, plenos, fiestas…– y poco más. No dispone de una programación elaborada puesto que no hay medios para ello.

Es por ello que, de una idea tan sencilla como entrevistar a personas por videollamada de ámbitos distintos –que en otra ocasión no hubiera tenido éxito–, en pleno confinamiento tenía sentido. Porque de lo que se trataba era de dar respuesta a esa necesidad de entender que lo que nos estaba ocurriendo a nosotros no era único, de que no estábamos solos. Es decir, crear una comunidad alrededor de la televisión como terapia y encontrarnos con los vecinos de toda la vida.

Y ver a los trabajadores esenciales que se dejaban la piel cada día para que las calles estuvieran limpias, los técnicos que se encargaban de que agua potable llegara a todas las casas, enfermeros que estaban desbordados o empresarios que no sabían si podrían tirar adelante el negocio… Sus testimonios permitieron tejer una serie de documentos que nos ayudarán en un futuro a analizar cómo vivimos la pandemia del coronavirus. De repente, la televisión local cobraba el valor que merece en su papel como vertebradora del territorio. También como nexo de unión entre personas.

Y no solo eso, porque en el programa también pudimos descubrir talento local. En cada episodio, había una actuación musical que grupos o artistas de la zona nos enviaban desinteresadamente. Dar visibilidad a todos ellos también permitió abrir una ventana cultural y darnos cuenta de la riqueza que tenemos como comarca.

En definitiva, de esta situación extraña en que volvimos de nuevo a consumir televisión, deberíamos sacar lecciones. Como creadores de contenidos, es muy importante identificar una serie de necesidades por parte de los espectadores a las que podemos dar respuesta. Es por ello que las televisiones locales deben transformarse y adaptarse a las inquietudes de las nuevas generaciones pero sin perder su papel como ventanas: en su vertiente política pero también cultural y humana.