Han sido seis meses muy intensos en los que he descubierto una pasión que desconocía. Esperando los minutos que quedaban para que empezase de nuevo el programa y poder sentarme a hacer lo que me gusta. No se me ocurren palabras para describir la suerte que he tenido por compartir momentos increíbles con todas las personas que, como yo, han compartido micrófono en las mismas ondas y a las que espero que no se les haya hecho pesada mi compañía. Suerte de aprender de la experiencia y anécdotas de los demás, cada uno en ámbitos diferentes. En especial de Emilio, que me ha ayudado a corregir muchas imperfecciones que hace tiempo creía imborrables (aunque todavía queda mucho por pulir…).
He conocido a personas que en otras circunstancias habría sido imposible conocer. En persona o por teléfono. Porque la radio es lo que tiene. Es magia. La magia de encontrarte un sábado por la mañana trabajando en la otra punta del mundo, poder escuchar la radio local a través de internet y descubrir que hay alguien al otro lado con el que puedes hablar. La magia de descubrir que hay, a miles de kilómetros de distancia, un pueblo que comparte el nombre con el tuyo y que además dispone de una emisora similar, con la que puedes ponerte en contacto para compartir impresiones y aprender de su cultura. Porque la radio es así, cuanta más gente disfruta de ella, más entretenimiento y más riqueza espiritual genera.